Durante mucho tiempo le he estado dando vueltas al proceso de evaluación. Durante un tiempo me centré en facilitarles a los alumnos información detallada de los criterios mínimos sobre los que iba valorar su aprendizaje. Pero después de rodar este sistema observé que el alumno se centraba solo en adquirir esos aprendizajes que yo había marcado como mínimos (no intentaba ir más allá de lo que puntuaríamos como un 5) y con ello se daban por satisfecho. Lógicamente yo me ceñía a esa lista de aprendizajes y "puntuaba" para obtener la calificación del trimestre con lo cual no quedaba mucho margen de maniobra para la mejora.
Poco a poco empecé a incorporar algún tipo de feedback en las principales actividades que realizaba en el aula (no solo los exámenes) de manera que he ido aumentando paulatinamente la información que le doy al alumno sobre su aprendizaje a lo largo del curriculo. Así podía reforzar determinados aspectos del aprendizaje (no solo aquellos famosos mínimos) y hacerlo de una manera más individualizada según las capacidades o potencial que yo entendía en cada alumno.
Pero (otro pero más) esta evaluación seguía siendo unidireccional: de yo como profesora hacia cada alumno. Así que ahora me encuentro en una nueva fase de mi sistema de evaluación: a un listado claro de aquello que quiero evaluar (competencias, capacidades profesionales...) le he añadido una mayor frecuencia (no solo al final del trimestre, sino al final de fases o actividades) y una nueva dirección. Ya no solo evalúo yo, el alumno se evalúa a si mismo, a los compañeros, a la metodología, a la profesora.
Paso a describiros esta última incorporación a mi sistema de evaluación: la participación del alumno en la evaluación:
La realización de una evaluación adecuada enriquece el proceso de aprendizaje de nuestros alumnos porque en lugar de ser un dato que les llega al final del trimestre (o del curso) y sobre el cual nada se puede hacer, se convierte en una retroalimentación útil que llega en un momento en el que se pueden corregir y mejorar las deficiencias.
Para que esta evaluación sea adecuada se debe facilitar al alumno la posibilidad de ser protagonista en su evaluación (autoevaluación) y en la evaluación de sus compañeros (coevaluación). Estas evaluaciones aumentan claramente la calidad del proceso de aprendizaje. Ambas actividades no se realizarán necesariamente al final del proceso sino que pueden intercalarse en determinadas fases en las que es crucial reconducir la actitud, el método, el ritmo de trabajo… que está teniendo el alumno. Por ejemplo, cuando se termina un bloque concreto en el trabajo por proyectos o si han realizado un proceso de investigación y queremos reflexionar sobre el método que han seguido durante este tiempo.
El alumno que es capaz de autoevaluarse y coevaluar a sus compañeros de equipo, obtendrá la información para reflexionar sobre aspectos personales tan importantes como:
> Si el método que está utilizando en su trabajo
> se planteará si se ha planificado adecuadamente
> si la calidad del trabajo corresponde a lo exigido
> si tiene alguna carencia en capacidades como la investigación, el análisis de datos, la síntesis…
Por otro lado, la coevaluación incorpora una novedad: la información llega desde un igual, es un compañero el que valora las capacidades, resultado o competencias de otro compañero. Hay que recordar que en un entorno cooperativo, el grupo cobra un valor especial. Se convierte en una comunidad de aprendizaje dónde las aportaciones de cada miembro y el papel que cada uno desempeña son importantes para el éxito del grupo. Todos dependen de los demás para llegar al objetivo, y todos son responsables de que ningún miembro del grupo quede en el camino.
Bajo esta óptica, la coevaluación se debe entender como una crítica absolutamente constructiva y positiva entre iguales. Los aspectos que cada alumno deberá valorar sobre sus compañeros de grupo en la coevaluación son:
- El nivel de implicación del compañero en el desarrollo del trabajo del grupo
- La responsabilidad con la que ha realizado las tareas encomendadas
- El grado de liderazgo o el rol de “facilitador” que ha tenido el alumno en el grupo
- La efectividad de la comunicación aplicada por el alumno en el grupo
- La calidad de las aportaciones técnicas del compañero al trabajo
- La cantidad de soluciones aportadas y/o la creatividad de las soluciones aportadas
Los formatos de realizar estas evaluaciones variará en función del tipo de alumnado y de que actividad, proyecto o fase del trabajo queremos analizar. Puede ser una evaluación verbal realizada de manera individual o colectiva, podemos facilitar un cuestionario escrito, con preguntas redactadas de manera muy clara e indicando con exactitud la escala de valoración. En ambos casos el alumno deberá tener muy claro qué aspectos se están analizando porque si no lo tienen claro, difícilmente podrá identificar después sus puntos fuertes y las áreas en las que debe mejorar. DEFINIR CLARAMENTE LOS OBJETIVOS DE LA EVALUACIÓN PARA PODER OBTENER CONCLUSIONES CLARAS. Recordad que los alumnos no son profesores así que el material debe estar claramente dirigido a ellos en lenguaje, redacción, estructura y diseño.
En ambos tipos de evaluación, es interesante un feedback posterior por parte del profesor, ya que en su papel de tutelaje, deberá aclarar o reforzar determinados aspectos que hayan salido en las evaluaciones. Y en cualquier caso, el alumno debe estar implicado en la evaluación propuesta y ser capaz de analizar resultados y obtener conclusiones para la mejora personal.
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